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Los epicúreos y los dioses

zeus

A raiz del post de Nat sobre mitos, literatura y comunidad, tenía ganas de escribir sobre la relación de los Epicúreos con los dioses. Los epicureos rechazan los mitos de plano por ser relatos incompatibles con la perfecta felicidad de los dioses, pero no se desentienden de los dioses. Su relación con ellos es singular, en cuanto a que se encuentran en un momento clave del pensamiento occidental. El epicureísmo forma parte de esa deriva de sobredeterminación de la razón que culminaría en la Ilustración, pero todavía conservaba un puente con la mirada presocrática en la que los dioses tenían un lugar en la esfera del conocimiento. Pero entonces me he animado, y ya he aprovechado para contextualizar las nuevas y viejas religiones, con los nuevos y viejos ateísmos.

Hay quién defiende que los epicúreos eran ateos; muchos en la antigüedad les acusaron de eso, y ciertamente su materialismo sienta buenas bases para el desarrollo del ateísmo. Pero en su famosa carta a Meneceo, Epicúreo resulta ser muy taxativo: “Los dioses, en efecto, existen. Porque el conocimiento que de ellos tenemos es evidente”.

Epicúreo, nos explica García Gual, “recomendaba seguir las costumbres religiosas y los cultos locales, participando en las ceremonias con devoción. Él mismo dio ejemplo”. Lo que sabemos es que no lo haría únicamente por la misma razón pragmática por la que recomendaba “obediencia a las leyes y costumbres del país propio como medios para vivir una vida no perturbada por las tormentas políticas”. Lo hacía, según una carta citada por Filodemo en un texto encontrado en Herculano, “para vivir en conformidad con la naturaleza”. El conocimiento que tenían de los dioses era directo, y su relación con ellos con determinadas prácticas, habitual.

Si esta actitud nos parece chocante, es por causa de nuestro irreductible etnocentrismo y totalitarismo epistemológico. El pensamiento occidental sobre la religión, incluso el ateo, está sujeto a las categorías cristianas. Esto lo vio muy bien Derrida en su intento de superar la metafísica; al fin y al cabo, el ateo está obligado a definir previamente lo que quiere negar, y la voluntad de desenmascarar lo que es propiamente metafórico no es el acto final de la metafísica, ¡sino su acto inaugural! Hablar de poliateísmo es una hábil pirueta que muestra hasta qué punto estamos ligados a aquello que queremos negar. Y el propio concepto de religión, nos advierten los antropólogos, no tiene equivalente precolonial obvio en otras lenguas no europeas. El concepto “religión” que usamos habitualmente fue a su vez el que los pensadores cristianos formularon para distinguirse por oposición del paganismo, la herejía… que pasan a ser religiones, sí, pero ¡religiones falsas! El ateísmo contemporáneo se construye sobre esa idea de religión, porque cargándose una idea homogénea de religión, ya se carga todas. Las taxonomías que utilizamos de las religiones del mundo (empezando por la de monoteísmo-politeísmo) nacen en referencia y en relación al ideal judeocristiano de religión. Es algo parecido a lo que pasa con la idea del management; tanto si estás en contra como a favor de él, pensamos el management en los estrictos márgenes que acuñamos en un momento muy localizado histórica y geográficamente. El mismo reduccionismo de lo que es la religión (por ejemplo, creer en dios o dioses) ha sido tan conveniente para el que se quiso erigirse como religión única como para el que quiso eliminarla. El ateísmo 2.0 es una constatación de que la religión tal vez no era tanto creer en seres inexistentes como en un conjunto de prácticas para que las de hecho, y como demuestra el budismo (la religión más friendly al ateísmo), para ser religioso no hace falta tener ningún dios. Esta aproximación diferente a “lo religioso”, ya intuida hace tiempo en la Europa continental por sociólogos como Simmel, está empezando a llegar al mundo anglo (y por tanto al pensamiento académico “normalizado”) desde otra perspectiva antropológica de la mano de Harvey.

Los antiguos epicúreos, por distintas razones, todavía no participaban de la forma contemporánea de entender la religión, lo que no significa que tuvieran una relación aproblemática con las prácticas religiosas de sus contemporáneos. Lo que ya hemos visto es que no ponían en duda la existencia de los dioses, porque “el conocimiento que tenemos de ellos es evidente”. Sigue explicando García Gual:

“En los sueños y en las vigilias al entendimiento humano le llegan las imágenes, eídola o simulacra, de esos seres felices y eternos. ¿Y de dónde pueden proceder tales imágenes sino de la continua emanación surgida de los dioses mismos? Las imágenes divinas son tan tenues, de un material tan ligero y sutil que no son captadas por los sentidos, sino por la mente. La prólepsis de lo divino no se apoya en sensaciones, aistheseis, como el conocimiento de los objetos de nuestro entorno; pero no está menos basada en una impresión objetiva, en la recepción de unos datos reales, esos eídola que, de modo repetido y coherente, les llegan a todos los hombres. Todos los pueblos y todas las gentes tienen, por esa razón, constata Epicuro, una noción natural de la divinidad”

 Epicúreo constata (con mayor facilidad y con menor sorpresa que los antropólogos, lingüistas e historiadores de las religiones de los siglos XIX y XX) no sólo que en la mente humana se presentan contenidos simbólicos (predominantemente en sueños y vigilias, o en ensoñaciones como diría Bachelard), sino que se lo hacen de forma bastante similar por muy distintas que sean las culturas. Por supuesto, podemos vivir reprimiendo nuestros sueños (muchas personas afirman no recordarlos por la mañana), o eufemizar nuestra relación con esos contenidos simbólicos en forma de producción o consumo cultural (y aquí hay poca diferencia entre En busca del tiempo perdido, Star Wars), pero justamente porque no podemos desterrarlos de nuestras vidas, todos somos, en alguna medida y aunque no lo sepamos, “religiosos”.

La visión atomista/materialista del universo no deja lugar para una explicación realmente interesante de porqué se presentan imágenes comunes a toda la especie humana. Ni siquiera está clara; oscila según las fuentes entre el realismo y el idealismo, como explica O’Keefe. La explicación más aceptada es que para los epicúreos, los dioses son reales porque existen como compuestos atómicos y tienen las propiedades de las personas. La sutilidad de sus cuerpos, en constante renovación atómica, explicaría su inmortalidad. No están en la tierra porque su tenue cuerpo no puede tocar lo que es tangible para nosotros (por la misma razón que nosotros no podemos tocar los dioses o percibirlos con ninguno de los cinco sentidos); viven en un lugar tan tenue como ellos mismos. Con todo, las emociones y la imaginación todavía tienen todavía un lugar en el acceso al conocimiento, e incluso en la configuración de la verdad. Diogenes Laercio nos dirá: “Epicureo dice en su Canon que los criterios de verdad son los sentidos, las anticipaciones y las pasiones, pero los Epicúreos añaden las accesiones fantásticas de la mente”. En otras traducciones leeremos “proyecciones imaginativas del pensamiento”. Traducciones no fáciles, porque phantasia para los griegos es únicamente lo que se presenta/aparece/se manifiesta en nuestra mente, y por eso se traduce a menudo por “imaginación”. Al mismo tiempo, nos advierte Norman Wentworth, cuando Epicúreo habla de movimiento vibratorio de los átomos y de intervalos de tiempo solo discernibles por el logos, no está implicando un proceso racional sino que en este contexto podemos traducir logos perfectamente por “imaginación”.

Lo que Epicúreo encuentra valioso en esos dioses que se nos presentan en la mente es lo que de ellos podemos aprender en cuanto a vivir una vida feliz y libre. El objetivo de los epicúreos, si se me permite la boutade, es “vivir como dios”. Garcia Gual cita a Lemke:

Los dioses de Epicuro son la realización ideal de su concepción de la eudaimonía. que domina toda su filosofía. Viven por siempre en una firme felicidad, no tienen ninguna preocupación ni deparan ninguna a otros. Son un ejemplo para el hombre que busca la felicidad. Por esa razón tienen los dioses de Epicúreo que ser antropomorfos. ¿Porque quién podría tomar ejemplo de la felicidad de un cilindro o de una esfera?”

Los dioses del Olimpo no tienen unos dioses por encima, ni se preocupan por los humanos. Razona, además, que si son felices es precisamente porque les importa muy poco lo que hagan los humanos. Podemos desechar entonces todos esos relatos míticos de dioses enfadados o celosos. Esto tiene dos consecuencias importantes: que lo esencial es imitar la felicidad de los dioses, y que pedirles cosas mediante el rezo o los sacrificios es una tontería porque los dioses no están por sabotear su felicidad con nuestras preocupaciones. Escribe Fustegiere sobre la religiosidad epicúrea:

“Ya que los dioses son indescriptiblemente felices, alabarlos en una oración, acercarse a ellos en esas ocasiones solemnes en las que la ciudad les ofrece un sacrificio, y alegrarse con ellos en los festivales anuales, es formar parte de su felicidad. Por este motivo los discípulos de Epicúreo serían tan fieles a las prescripciones religiosas. Si los fastos en Atenas eran una ocasión de alegría para todos, el epicúreo tenía todavía un motivo mejor para celebrar. No era él mismo un igual de Zeus? Mientras no sufriera hambre y sed, mientras tuviera un pastelito de cebada y agua – cosas fáciles de obtener – rivalizaría en felicidad al propio Zeus”.

Los beneficios de venerar a los dioses provienen de la propia veneración; los castigos son los derivados de la necedad de vivir de espaldas a esa fuente de inspiración de felicidad. Nade de eso requiere intervención divina. ¡La mímesis de la divinidad conduce a un proceso incluso de divinización de aquellos epicúreos que más se acercan al ideal de felicidad!

El origen de las acusaciones de ateísmo a los epicúreos viene sobre todo de su rechazo a la providencia divina, condición imprescindible para poder fundamentar una moral autónoma. Gran causa de la infelicidad de las personas, había observado Epicúreo, venía del temor a las represalias divinas. Los Epicúreos eran capaces de explicar cualquier fatalidad como causa azarosa de los movimientos de los átomos, en lugar de atribuirlas a voluntades de los dioses. Es cierto que como le gustaba señalar a Castoriadis, los atenienses nunca preguntaban al oráculo de Delfos si tenían que poner tal ley o tal otra; les preguntaban, por ejemplo, si tenía que emprender tal o cual viaje. Esa fue una de las condiciones necesarias para el nacimiento de la democracia y como autoinstitución consciente y autónoma. (Indicaba además Castoriadis que el objeto de la política no podía ser la felicidad, que es un tarea privada, sino la libertad, que necesariamente pasaba por la autonomía individual y colectiva). También cabe recordar aquellas palabras de Jenofonte: “Cuando es posible sabe algo recurriendo al número, la medida y el peso, interrogar a los dioses para conocerlo es cometer la acción más impía”. Epicúreo profundiza en esa conquista de autonomía que afectaba no solo al ámbito colectivo o al conocimiento, si no a las condiciones privadas de conquista de la felicidad: “pues las manifestaciones del vulgo sobre los dioses no son prenociones, sino falsas suposiciones” que hacen de ese torrente de imágenes en el que se nos presentan los dioses. La felicidad no puede estar sujeta a designios divinos, como no lo está para los propios dioses. Toda práctica de adivinación que pueda atribuir un destino fatal a una persona, es fieramente reprobada por los epicúreos. Tal es el celo que tienen por su libertad de acción, que se ponen alerta ante la tentación de un determinismo físico y materialista que no deje ya espacio alguno para la agencia humana: “pues sería mejor prestar oídos a los mitos sobre los dioses que caer esclavos de la Fatalidad de los físicos. Aquéllos esbozan una esperanza de aplacar a los dioses mediante el culto, mientras que ésta presenta una exigencia inexorable”.

Terminaré ya este post de longitud abusiva con una reflexión sobre el hermoso grado de aceptación de pluralidad de marcos de los epicúreos, en consonancia con esa libertad de acción requerida para la búsqueda de la felicidad. En primer lugar, nos dice García Gual “sus dioses son las figuras idealizadas de los olímpicos, aunque admitía muchos más dioses, indeterminados, en otros pueblos, y en otros mundos”. Y en segundo lugar, para liberarse de las explicaciones divinas de fenómenos naturales no es necesario defender una única explicación, sino admitir todas las explicaciones verosímiles que no entren en contradicción en sus términos y con los hechos observables. Se trata tanto de una actitud pragmática de no complicarse la existencia cuando ya has dejado libre el camino para la felicidad, como también de la pura humildad del sabio, y tal vez de la constatación de los límites de la explicación mecánica-causal. Dice Epicúreo en su carta a Herodoto: “Los que admiten sólo una explicación se ponen en desacuerdo con las apariencias y andan errados en cuanto a lo que es posible conocer a un hombre”.

El decrecimiento como nueva forma de colonialismo

 

colonodecAl final de esta entrada sobre movimientos sociales postcoloniales de la nueva Enciclopedia Palgrave de Imperialismo/Anti-imperialismo, el autor hace notar que en contra de una narrativa muy extendida entre activistas y/o académicos

“lo que esos movimientos sociales [del Sur] rechazan no es tanto el desarrollo en sí mismo, como la dirección y el significado que se la ha dado a las trayectorias y discursos del desarrollo a través de un ejercicio de poder desde arriba. Y, por extensión, lo que puede emerger de su resistencia es una reinvención del desarrollo como genuino proyecto emancipatorio de cambio social”

O dicho de otra forma, los mensajes y proyectos decrecentistas se pueden convertir en la nueva forma de colonialismo. El autor conoce en particular el ejemplo de la India, y me ha recordado a una conferencia de Walter Mignolo a la que asistí, y que compruebo que después publicó en forma de artículo. En ella explicó que el “Espíritu” según Hegel nació en China, atravesó la India y Persia hasta Grecia y Roma, y que finalmente llegó a Alemania, cuna de La Ilustración. Y aunque supo ver que después seguiría su periplo hacia el oeste para llegar a los Estados Unidos, no acertó a pronosticar que seguiría moviéndose en la misma dirección para llegar de nuevo a oriente otra vez. Un oriente conectado al sur; los BRICS. Visto por dónde anda ahora el “Espíritu”, no auguro grandes éxitos a los horizontes decrecentistas. No por allí, al menos.