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La pluralidad de marcos en las relaciones de paridad

Una de las características fundamentales de los sapiens es que no podemos evitar de dar sentido a nuestra experiencia. De acuerdo con la abundante literatura de la neurociencia, podemos entender nuestra mente como un proceso continuo de organización de imágenes mentales. Estas imágenes son la forma en la que experimentamos las conexiones neuronales que ocurren en el cerebro cuando representa cosas y eventos, y son muy parecidas estructuralmente a nuestras percepciones. Es importante fijarse en que se trata siempre de una re-presentación; nunca es una copia directa y fria de la percepción. Esas redes neuronales capturan lo que percibimos del exterior a través de los cinco sentidos, pero también nuestras intimaciones y emociones asociadas. Así que, por un lado, esos mapeos están condicionados por unos tipos de estímulos externos y de estructuras psicobiológicas internas que son comunes a todos, pero también por nuestra experiencia, que es única. Por eso nunca “vemos” todos las cosas de la misma manera. Cada persona mapea neuronalmente la realidad de forma distinta, pero en las sociedades se dan unos “marcos” de sentido pre-conscientes que se memetizan y se transmiten culturalmente, y que hacen que integremos nuestros diferentes mapeos de forma similar y los podamos conectar. Los teóricos más famosos sobre esos marcos son los lingüistas Lakoff y Johnson, que consideran que esos marcos tienen la forma de conceptos metafóricos. Lakoff por ejemplo ha aplicado su teoría a la política, y considera que el partido republicano de los EEUU ha perfilado un marco muy sólido en torno a la figura del padre estricto, mientras que el partido demócrata enmarca débilmente su mensaje en la figura del padre protector.

A pesar de que  la aportación de la neurolingúistica es valiosa, nos vamos a apartar de ella y vamos a tomar la perspectiva de la neurociencia más próxima a la etología y la biología, y en particular, la derivación que ha llegado a la antropología, la hermenéutica y la semiótica. Son dos las razones. En primer lugar, salvaremos la objeciones más usuales a la teoría de Lakoff (como su focalización en metáforas verbales que deja fuera el resto de sentidos; o su excesiva dependencia de la metáfora frente a otros tropos como la metonimia o la paradoja). En segundo lugar, y por encima de todo, nos dejará abordar el problema de los marcos desde el paradigma del pensamiento complejo, permitiendo la mejor comprensión de la co-existencia simultánea, tanto a nivel individual como social, de diferentes marcos mentales. Esto también nos engarza con las tradiciones filosóficas y sociológicas que advirtieron en nuestro pensamiento un “politeismo de valores”, siguiendo la expresión que tomó Weber de John Stuart Mill. Por ejemplo, Nietzsche ilustró muy bien que el nacimiento de la tragedia griega se enraiza en la tensión entre lo dionisiaco y la apolíneo; o el mismo Weber desveló la paradoja de que el consumo desbocado de la sociedad capitalista está fundado en la ética frugal del protestantismo.  Necesitamos ese “politeismo” o diversidad de marcos para poder modelizar mínimamente las tensiones y paradojas que encontramos continuamente en las relaciones humanas, así como sus dinamismos a lo largo del tiempo, y que Lakoff no puede explicar satisfactoriamente.

Otro aspecto importante que nos permitirá comprender es la relación entre los diferentes niveles en los que interactúan los “marcos” mentales, es decir, a nivel individual, grupal, o social. Tal como comentábamos en el post anterior, las organizaciones pueden imponer ciertos marcos mentales y reprimir otros muy severamente, como en el caso de las Instituciones Totales. También vimos como la coerción institucional puede dificultar o impedir los cambios en esos marcos, y ya podemos anticipar que la posibilidad de co-crear “marcos” comunes, en el sentido más fuerte de la expresión, se da en el seno de las organizaciones y de las comunidades reales. A nivel social, cada época y lugar valoriza positiva o negativamente ciertos marcos, en una dinámica que abordaremos más adelante.

La diversidad de marcos como reto de la paridad

Cuando definimos a un “par” no como alguien que es como tú sino como alguien con el que quieres estar, ya estaba implícita la existencia de esta diversidad de marcos. Como explicaba Simmel, las relaciones sociales requiren tanto tener un conocimiento como un desconocimiento del otro. Sin un conocimiento mínimo, difícilmente podremos establecer la confianza necesaria para la relación. Conocer a alguien permite anticipar algo de su comportamiento, y en ese espacio de confianza se establece la relación.  Pero sin un desconocimiento mínimo, tampoco tendremos un interés en establecer la relación, porque esa relación no nos podría aportar nada. De ahí que aunque el desconocimiento, la ocultación e incluso la mentira puedan tener una valorización negativa, desde el punto de vista sociológico cumple una función importante que hace posibles y viables las relaciones humanas. Esto se complica más cuando nos damos cuenta de que no lo sabemos todo sobre nosotros mismos.  Como desveló el psicoanálisis, hay una parte de nosotros que no nos gusta y que rechazamos. Por eso nos ocultamos cosas a nosotros mismos que sin embargo otros sí pueden ver. Por tanto, el intercambio con otros no sólo nos aporta conocimiento sobre el otro, sino también sobre uno mismo.SimmelSabemos que los grandes avances en cuanto a nivel de complejidad social se deben al intercambio entre grupos diversos. La primera gran revolución del intercambio nació con la creación del lenguaje hace unos 100.000 años ; pero la gran eclosión de complejidad social la provocó el comercio (¿marítimo?), depués la imprenta, y ahora Internet.

Como también señalamos anteriormente, las relaciones de paridad en una organización formal son más o menos intensas según la complejidad de la agencia colectiva que requiere el fin de la organización. Cuanto más compleja es o más compromiso requiera entre los miembros, mayor será el grado de conocimiento necesario. Simmel hacía notar que una categoría especial de relación de paridad es el de la amistad.

“El ideal de amistad, procedente de la Antigüedad, y desarollado en un sentido romántico, busca una absoluta intimidad espiritual, y también, la comunidad de propiedades materiales”.

Y añade más adelante:

“Quizá el hombre moderno tenga demasiado que ocultar, para poder trabar amistad a la manera antigua. Quizá las personalidades, salvo en su juventud, estén demasiado individualizadas, para que sea posible comprender y aceptar al otro con plena reciprocidad, lo cual requiere no poca intuición e imaginación creativa”.

Vemos que la idea fuerte de amistad no se mantiene socialmente en el tiempo, sino que surge y se desvanece por oleadas. Y por eso, las cosas parecen estar cambiando de nuevo desde que Simmel escribiera estas líneas en 1908. Tal vez en estos tiempos de descomposición del sistema económico, o saturación, como lo llamaría un macrohistoriador como Sorokin, se estén dando las condiciones para un retorno a la amistad en el sentido clásico. Ya a finales de los ochenta Maffesoli escribió sobre este nuevo tiempo de las tribus, y unas décadas después, con Internet, hemos asistido a una enorme apertura de la persona en las redes sociales. Así mismo, se multiplican experiencias de compartición de bienes y servicios, en lo que parece una tendencia creciente.

¿Cuales son las condiciones para que una amistad que nace en esta explosión de apertura se mantenga en una relación perdurable? Simmel nos vuelve a dar la pista:

“Solo pueden, sin peligro, darse por entero, aquellas personas que no pueden darse por entero, porque la riqueza de su alma radica en la renovación constante, de suerte que tras cada entrega les nacen nuevos tesoros, porque tienen un patrimonio espiritual latente inagotable y no pueden revelarlo o regalarlo de una vez: como el árbol que, al dar un año todo sus frutos, no compromete los del año siguiente”.

Las relaciones de paridad sostenidas y ricas en intercambio requieren, pues, abundancia, que en términos de nuestra psique significa aprendizaje y crecimiento contínuo. Una organización p2p perdurará en la medida en que sus miembros no dejen de aprender sobre cosas distintas y con enfoques distintos, cada uno motivado por sus “marcos” particulares. Eso hace posible seguir intercambiando con el resto de los miembros, ya sea conocimientos intelectuales o madurez emocional.

Finalizo esta reflexión sobre la pluralidad de marcos con la importancia de la madurez o equilibrio emocional, (o “inteligencia emocional” como ridículamente le llaman ahora para que tenga el mismo prestigio que la inteligencia formal). Nos hacía notar Simmel más arriba que comprender y aceptar al otro con reciprocidad requiere “no poca intuición e imaginación creativa”. El hecho es que aceptar los marcos del otro, que además pueden desvelar cosas sobre nosotros mismos que nos cuesta aceptar, requiere esa madurez emocional. La inmadurez emocional es probablemente el mayor factor de fracaso de las relaciones de paridad en una organización.